INFORMÁTICO... ¡Y OLÉ!
Sardoy
Muñoz, Julio
Oriolet, (¿Me permites que te nombre como tu padre lo hace?)
Ahora seguro que ya sabes quien soy, pero mientras estuviste a este otro lado no tuvimos ocasión de conocernos. Yo siempre he sabido mucho de ti, de ello se encargaba tu padre, que no perdía ocasión alguna para relatar a sus amigos, casi todos de la profesión, de tu "profesión", tus logros con los ordenadores: ENSAMBLADOR, C, DELPHI, PERL, JAVA, HARDWARE, PROTOCOLOS, ADSL, INTERNET, CHAT, etc. Nada te era ajeno, todo querías conocerlo, investigarlo y aplicarlo en tus proyectos cada vez más grandes y ambiciosos. También sé que te enfadaste, cuando él nos enseñó la Web que hiciste de pequeño, que tu considerabas ya casi como un desprestigio mostrarla por haber estado hecha "a pelo" en HTML del duro.
En fin, que se le "caía la baba" cuando hablaba y habla de ti y de tus hermanos. Pero no creas, también nos contaba de tu bondad (que siempre atribuía a los genes de tu madre), de tu modestia, de tu afán de aventurillas con niñas guapas, de tu timidez superada (como dice tu padre en las palabras que ha esculpido en la carta en la que te defiende de los ignorantes aferrados a la materia), de tu tesón o tozudez (de eso sé un rato, pues soy maño de nacimiento aunque madrileño de adopción), de tu gran respeto hacia los otros seres.
¡Chaval, que ya sabias todo lo importante que hay que aprender aquí abajo!
De veras que lamento no habernos conocido personalmente, haberte abrazado y besado. Ya nos conoceremos cuando me recibas, algún día, al llegar ahí donde ahora estás tú.
Hoy, de paso por Barcelona, consolando a tus padres (tus hermanos no estaban y yo siempre tengo prisa), sólo deseo dejar estampadas en este libro que he visto que contiene tanto AMOR, las direcciones de un par de páginas web que ayudan a entender el verdadero sentido de la vida y de la muerte. Aunque ellos ya las conocían, pues alguien se me adelantó, como supongo que este libro pasará por muchas manos, las anoto aquí mas abajo para que sirvan de bálsamo para quien tenga el alma dolorida.
http://www.ronda.net/arroyo
y en estos momentos, especialmente esta:
http://www.ronda.net/arroyo/haciael.htm
Oriolet, donde estés, recibe un abrazo fraterno de un informático de la vieja escuela, ahora jubilado y aprendiz de la CIENCIA VERDADERA (que ahora tu ya sabes que la informática era sólo un leve y pálido reflejo).
Siempre tuyo.
Julio Sardoy y los pensamientos de Cayetano Arroyo, mi maestro.

La moneda de 500 Pesetas

Hola Oriolet (como te llama tu padre), hace mucho tiempo
que no te escribo, no pensaba hacerlo, presiento que no tardaré mucho
tiempo en estar contigo. Han pasado ya casi ocho años desde aquel día y me
parece que fue ayer. Próximos a este octavo aniversario me he decidido a
escribir nuevamente en tu libro porqué en todo este tiempo nadie de los que lo
saben han contado de ti una historia que considero muy bonita y
representativa de tu forma de ser i estar en este mundo material, yo diría que
ejemplar. Tal vez haya sido por "modestia familiar". Pero pienso que no se puede
ocultar, que todos los que te quieren han de conocer una faceta más de tu paso
entre nosotros. Yo la conozco porqué tu padre se sinceró un dia conmigo y me
la contó. Si supieses cuanto te quiere detrás de su silencio inmerso en ocupaciones sinfín (tal
vez excusas para no pensar demasiado). ¡Burro de mí! Si tu ya
sabes todo eso y mucho más.
Como quieras, seré breve: un día l'Oriol iba a
encontrarse con su madre al "Kanguret", de pronto, junto al borde de la acera
algo llamó su atención, era un objeto plano y redondo de aspecto metálico y
color grisáceo. No, no podía ser, una moneda sería demasiado grande, las
monedas que él conocía eran las de 5 pesetas, el "duro". Su abuela le había
empezado a dar como "semanada" una moneda de 100 pesetas, pero era
apreciablemente más pequeña. Ésta era mayor; la cogió con curiosidad y se
apercibió que llevaba impreso en una de sus caras la indicación: 500 Pesetas.
Casi le da un síncope, nunca había tenido en sus manos una moneda semejante,
aunque sabía de su existencia. Miró alrededor y no vio a nadie, la calle estaba
desierta, al parecer nadie había notado que la había perdido.
Tendría sus dudas, pero pronto desfiló por su cabeza lo que
podría hacer con la moneda. No hay que olvidar que equivalía a varias de sus
"pagas" que le daba su madre. Podría hacer esto u lo otro, quien sabe lo que
pasaría por su imaginación. Apretó la mano para guardar muy seguro su tesoro.
Continuó su camino hacia el Kanguret, pero al pasar por
las escalinatas del Casino (creo que antes era un cine), vio a
un hombre sentado sobre algunos escalones, su semblante era taciturno, con la
mirada perdida en el aire, iba despeinado y con una barba grande, casi como la
de su padre. Enseguida se dio cuenta que se trataba de una persona desvalida,
alguien que no había tenido suerte en esta vida. No lo pensó dos veces, tendió
su mano hacia la del hombre y dejó abrir la suya suavemente, la moneda se
deslizó ligera cayendo sobre otras pocas, mucho más pequeñas, que ocupaban la
palma de la mano del hombre de la barba. No hizo ningún ruido. El hombre sonrió
perplejo
y le dio las gracias.
Oriol apresuró el paso; temía llegar tarde al Kanguret, se
había entretenido demasiado. Estaba contento y no sabía porqué. Al llegar, para
justificar su retraso, les contó a su madre i a la Carme lo que le había
ocurrido. Se quedaron mudas mirándose. Cada una lo interpretaría a su manera
supongo. Él, Oriol, ya no le dio mayor importancia y se fue al fondo del local
a jugar con las pelotas de goma. La madre se lo contó a su marido y éste, una
tarde distendida en una terraza de Madrid, me lo contó a mí. Oriol ya se había
ido, pero indudablemente había dejado su huella aquí en este mundo material.
Aún hay más "huellas", más historias bonitas de Oriol,
pero sólo él y pocos más las conocen, especialmente sus amigos y familiares.
Qué no daría yo por conocerlas también. Querido, para algunos ya sólo eres un
recuerdo que se va desvaneciendo. Oriol, tú mismo me las contarás cuando nos
encontremos ¿verdad? Allí no hay modestia o inmodestia. El libro de la vida ya
ha sido escrito y en él consta lo que consta, sin adjetivos.
Julio Sardoy, un amigo de tu padre y tuyo.
Madrid, nevado y frío invierno del 2009.

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